Introducción:
Se suele considerar que hay dos tipos de patrimonios culturales: uno, «pour l'éternité»; el otro, «opportuniste» (Rautenberg, 2003: 35). Ese primero es «dur»; este segundo, «mou» (Rautenberg, 2003: 30). Aquél, «reconnu», éste, no tanto (Davallon, 2003: 13-14). Aquél, «irremplazable»; éste, «sustituible » (Mason, Randall & Torre, Marta de la 2001: 172).
Generalmente, el primer tipo de patrimonio cuenta con una firme legitimación científica, técnica, histórica e institucional, difícilmente cuestionable. En este tipo, lo que es un proceso sociocultural, la legitimación, pasa a ser un estado formal, el bien cultural. Éste, el bien cultural, es lo que es porque así lo es. Es decir, algo sagrado o algo natural, o ambos a la vez, porque es ajeno a cuestiones profanas y humanas, es decir, discutibles, variables o complejas. Como afirma Pierre Bourdieu «el producto acabado, el opus operatum, oculta el modus operandi» (2000: 233).
El producto acabado, es decir, el bien cultural, sagrado y natural, impide observar y oculta el conjunto de intereses y valores que entran en juego cuando un «elemento» cultural pasa –es transferido habría que decir– a ser parte del conjunto de bienes culturales de un colectivo porque simboliza y representa su memoria, su identidad, su ser, su sentido de continuidad. Esta sacralización y naturalización suele ser una característica del primer tipo de patrimonio cultural, resultado, habitualmente, de un proceso de los denominados de «arriba-abajo», es decir, de procesos dirigidos desde una perspectiva jerárquica, vertical, de imposición (Font & Subirats, 2001: 196) y elitista (Smith, 2000: 180)
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